No todo tiene un sentido. Pero quizá podamos construirlo.

Hay momentos en los que necesitamos entender.

Entender por qué ocurrió algo, por qué nos pasó a nosotros, qué significa, qué deberíamos aprender de ello.

A veces parece que, si conseguimos encontrar la explicación adecuada, aquello que vivimos podrá finalmente ocupar un lugar.

Como si detrás de cada experiencia hubiera un sentido esperando a ser descubierto.

Y quizá parte del malestar aparezca precisamente ahí: en esa espera.

Porque hay cosas que no encajan.

Hay pérdidas que no tienen una razón suficiente. Decisiones que no podemos deshacer. Encuentros que terminan. Personas que se van. Cosas que suceden sin que podamos encontrar una explicación que haga justicia a lo vivido.

Y frente a eso, resulta tentador pensar que todavía nos falta algo.

Que todavía no hemos comprendido lo suficiente.

Que, si seguimos buscando, quizá aparezca ese sentido que consiga ordenar todo.

Pero quizá no aparezca.

Quizá no todo tenga un sentido que podamos encontrar.

Esto puede resultar especialmente difícil porque vivimos rodeados de relatos que nos invitan a pensar lo contrario.

Historias en las que todo acaba encajando. Experiencias difíciles que se convierten en aprendizajes. Crisis que aparecen para llevarnos a un lugar mejor. Como si el sufrimiento necesitara justificarse para poder ser soportado.

Pero no siempre es así.

A veces algo duele porque duele.

A veces una experiencia nos cambia sin que sepamos todavía hacia dónde.

Y quizá podamos aceptar que no todo lo que ocurre necesita convertirse en una explicación.

Aceptar esto no significa que aquello que vivimos tenga que quedar vacío de significado.

Tal vez haya otra posibilidad.

Que el sentido no sea algo que encontramos detrás de lo que nos ocurre, sino algo que vamos construyendo después.

No significa pensar que aquello que ocurrió tenía que ocurrir.

Ni encontrar algo bueno en todo lo malo.

Ni convertir el dolor en una lección.

Significa poder preguntarnos qué hacemos con aquello que nos ha tocado vivir.

Qué lugar ocupa ahora.

Qué transforma en nosotros.

Qué empieza a importarnos de otra manera.

Qué dejamos atrás.

Qué decidimos conservar.

El sentido puede aparecer lentamente, no como una respuesta, sino como una forma particular de relacionarnos con nuestra propia historia.

A veces no sabemos qué significa algo mientras lo estamos viviendo.

Quizá porque todavía no hemos podido tomar distancia.

Quizá porque todavía estamos demasiado cerca del dolor.

Quizá porque algunas cosas necesitan tiempo antes de poder ser pensadas de otra manera.

Y también puede ocurrir que nunca encontremos una respuesta.

Quizá no haga falta.

Hay algo liberador en dejar de exigirle a la vida que nos explique todo lo que nos sucede.

Podemos vivir sin saber por qué.

Podemos aceptar que algunas preguntas permanezcan abiertas.

Y, al mismo tiempo, podemos seguir preguntándonos qué queremos hacer con nuestra vida a partir de aquello que nos ha ocurrido.

Porque quizá el sentido no consista en cerrar una pregunta, sino en poder seguir viviendo con ella.

En poder hacerle un lugar a lo que no comprendemos.

En aceptar que hay partes de nuestra historia que quizá nunca terminen de encajar y que, aun así, forman parte de quienes somos.

Ahí aparece una diferencia que para mí es importante:

Encontrar un sentido no es lo mismo que construirlo.

Lo primero supone que el sentido ya existe y que nuestra tarea consiste en descubrirlo.

Lo segundo reconoce que, al menos en parte, somos nosotros quienes vamos dando forma a aquello que vivimos.

No estamos completamente libres de las circunstancias.

No elegimos todo lo que nos ocurre.

Pero tampoco somos únicamente aquello que nos ocurre.

Entre una cosa y la otra existe un espacio.

A veces pequeño.

A veces difícil de encontrar.

Pero en ese espacio podemos preguntarnos cómo queremos vivir lo que nos ha tocado vivir.

Quizá la terapia también pueda ser un lugar para eso.

No necesariamente para encontrar el sentido de lo que nos ocurre.

Ni para buscar una explicación que cierre la pregunta.

Sino para poder permanecer un poco más cerca de aquello que estamos viviendo, sin tener que resolverlo inmediatamente.

Para mirar nuestra historia, incluso aquello que no elegimos, y preguntarnos qué lugar queremos darle.

Porque quizá el sentido no esté esperando en algún lugar de nuestra vida para que finalmente lo encontremos.

Quizá se vaya construyendo mientras la vivimos.

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