La necesidad de sentir que estamos haciendo lo correcto

Hay personas para las que decidir no consiste tanto en elegir como en intentar encontrar la opción que no pueda salir mal.

Piensan.

Anticipan.

Comparan.

Imaginan lo que ocurriría si escogieran una cosa y después lo que ocurriría si escogieran la otra.

A veces preguntan a los demás. Buscan otras opiniones. Repasan una conversación, vuelven sobre una decisión que ya habían tomado o encuentran un nuevo detalle que parece necesario considerar.

Y durante un tiempo, todo ese pensamiento puede parecer una forma de acercarse a la respuesta.

Como si pensar un poco más pudiera ofrecernos finalmente la certeza que necesitamos para actuar.

Pero hay decisiones en las que esa certeza nunca llega.

No porque no hayamos pensado lo suficiente.

Sino porque quizá estamos buscando algo que ninguna decisión puede ofrecernos:

La garantía de no equivocarnos.

Hay algo profundamente humano en querer saber que estamos haciendo lo correcto.

Queremos elegir y sentir que era eso. Mirar hacia atrás y poder decir que tomamos la decisión adecuada.

El problema es que muchas de las decisiones importantes de nuestra vida no permiten saberlo de antemano.

Podemos pensar en las consecuencias, valorar posibilidades, escuchar lo que sentimos. Todo eso forma parte de decidir.

Pero llega un momento en el que pensar deja de ayudarnos a comprender y empieza a cumplir otra función:

Protegernos de tener que elegir sin saber.

Y quizá ahí la indecisión empieza a tener otra forma.

Ya no se trata únicamente de no saber qué hacer.

Se trata de lo difícil que resulta aceptar que ninguna opción puede garantizarnos que estaremos haciendo lo correcto.

La incertidumbre puede resultar especialmente incómoda cuando estamos acostumbrados a anticipar.

Intentamos adelantarnos a lo que podría ocurrir.

Si hago esto, quizá pase aquello.

Si digo esto, la otra persona podría reaccionar así.

Si tomo esta decisión y después me arrepiento…

La mente empieza a vivir ligeramente por delante de la vida.

Anticipar produce cierta sensación de control. Parece que, si conseguimos imaginar suficientes escenarios, estaremos más preparados para lo que venga.

Pero también puede ocurrir lo contrario.

Cuantas más posibilidades contemplamos, más posibilidades aparecen.

Y cuanto más intentamos eliminar la incertidumbre, más conscientes somos de todo aquello que no podemos controlar.

La búsqueda de certeza puede terminar produciendo todavía más incertidumbre.

A esto se añade muchas veces la exigencia.

No basta con decidir.

Hay que decidir bien.

No basta con hacer algo con la información que tenemos ahora. Parece que también deberíamos ser capaces de prever aquello que todavía no sabemos.

Entonces equivocarse deja de ser simplemente una posibilidad.

Empieza a decir algo sobre nosotros.

Debería haberlo sabido.

No tendría que haber hecho eso.

¿Cómo no me di cuenta antes?

Y quizá por eso algunas decisiones pesan tanto.

Porque ya no estamos intentando únicamente escoger entre dos posibilidades.

Estamos intentando protegernos de lo que significaría para nosotros haber elegido mal.

También está el arrepentimiento.

¿Y si después me arrepiento?

La pregunta parece razonable, pero contiene una exigencia difícil de cumplir: tomar hoy una decisión que nuestro yo futuro nunca vaya a cuestionar.

Y nuestro yo futuro sabrá cosas que nosotros todavía no sabemos.

Habrá vivido las consecuencias.

Habrá cambiado.

Mirará aquella decisión desde otro lugar.

Hay algo injusto en exigirle a quien somos hoy que decida con la información que solo tendremos mañana.

Quizá podamos tomar decisiones cuidadas.

Pero no decisiones inmunes al arrepentimiento.

Esto no significa que pensar sea inútil.

Hay decisiones que necesitan tiempo, información, conversaciones, incluso dudas.

Pero pensar una decisión y buscar una certeza son cosas distintas.

Pensar puede ayudarnos a comprender qué está en juego.

Buscar certeza pretende eliminar algo que quizá forma parte inevitable de elegir.

Porque elegir implica renunciar a saber qué habría ocurrido si hubiéramos escogido otra cosa.

Nunca podremos vivir las dos vidas para compararlas.

No podemos aceptar un trabajo y rechazarlo al mismo tiempo.

Quedarnos y marcharnos.

Continuar una relación y terminarla.

Solo podemos elegir desde el lugar en el que estamos y con aquello que sabemos en ese momento.

Y después vivir también con lo elegido.

Quizá por eso, cuando alguien llega a terapia diciendo que no sabe qué hacer, no siempre es necesario empezar buscando la respuesta.

A veces puede ser más interesante detenernos un poco antes.

¿Qué hace que necesitemos estar tan seguros?

¿Qué significaría equivocarnos?

¿Qué intentamos evitar mientras seguimos pensando?

¿Estamos buscando aquello que queremos o aquello que nos permita sentir que no hemos cometido un error?

La terapia no puede ofrecernos la garantía de que una decisión será la correcta.

Tampoco debería decidir por nosotros.

Pero sí puede ser un espacio donde mirar con más calma qué está en juego, distinguir el deseo del miedo, la prudencia de la evitación, y empezar a relacionarnos de otra manera con aquello que no podemos controlar.

Porque quizá decidir no consista siempre en alcanzar la certeza suficiente para actuar.

A veces consiste en aceptar que esa certeza no llegará y, aun así, poder elegir.

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No todo tiene un sentido. Pero quizá podamos construirlo.